Un día del año 2022, lejos y tan cerca del Perú

Escribiendo a la distancia, en nuestro viejo secreter de familia, me parece que cualquier debate debiera iniciarse definiendo simplemente ciertas palabras fundamentales y revelando sus distintos usos. Por ejemplo, ahora mismo: qué se entiende por ‘democracia’, qué se entiende por ‘comunismo’.

Etimológicamente, democracia significa “gobierno (kratos) del pueblo (demos)”, y lo malo del asunto es que podemos entenderla en modo activo o pasivo. El matemático Piergiorgio Odifreddi nos lo explica así: “En una primera interpretación, la canónica, el pueblo es el sujeto que gobierna. En cambio, en la segunda, secreta, el pueblo se convierte en objeto a ser gobernado” (La democrazia non esiste. Critica matematica della ragione pratica, 2018). ¿Y qué nos dice, en principio, la última edición del diccionario de la RAE? Sobre democracia, la primera entrada indica: “Sistema político en el cual la soberanía reside en el pueblo, que la ejerce directamente o por medio de representantes” (usando aquí la tercera acepción de ‘pueblo’, esto es: “conjunto de personas de un lugar, región o país”). La tercera entrada de la palabra democracia es: “Forma de sociedad que reconoce y respeta como valores esenciales la libertad y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley”. Teniendo en cuenta lo anterior, la enciclopedia virtual Wikipedia pormenoriza: “En sentido estricto, la democracia es una forma de organización del Estado en la cual las decisiones colectivas son adoptadas por el pueblo mediante mecanismos de participación directa o indirecta que confieren legitimidad a sus representantes. En sentido amplio, democracia es una forma de convivencia social en la que los miembros son libres e iguales y las relaciones sociales se establecen conforme a mecanismos contractuales”.

Notaremos pues que la democracia no es un sistema en pleno ejercicio sino un ideal; en la práctica, la soberanía y la legitimidad son tejemanejes de poderes jamás distribuidos equitativamente. Acaso podríamos pensar en una torta que se sirve para veinte invitados y se corta en veinte porciones; diez rebanadas se las traga uno solo, cinco se entregan a cuatro, doce reciben otras cuatro porciones y la última va para tres. A todo esto se denomina reparto de poderes. En nuestra economía, por ejemplo, tal situación de extremos se traduce así: el 0,1% de la población administra una riqueza superior al millón de dólares (entre ellos, 18 peruanos con más de US$ 500 millones cada uno) mientras que alrededor del 3% de nuestras gentes subsiste en la miseria; el 20% de nuestros paisanos son pobres, mientras que las clases medias más vulnerables (aquellas que corren el riesgo de rodar hasta la pobreza) equivalen a un 34%. El resto de la ciudadanía está eventualmente a salvo. Estos, al menos, son los datos que barajan el INEI, el Ministerio de Economía y el Instituto Peruano de Economía. Hagámonos cargo, entonces, de quiénes escriben el guión de las puestas en escena en el Perú.

Con tales datos en la cabeza, pasemos a la definición que el mismo diccionario propone de comunismo. Recordando que la palabra remite al vocablo latino communis, esto es, “común, compartido”, la RAE nos dice: “Movimiento y sistema político desarrollados desde el siglo xix, basados en la lucha de clases y en la supresión de la propiedad privada de los medios de producción”. Consultemos, enseguida, la Wikipedia: “El comunismo es un sistema político y un modo de organización socioeconómica, caracterizado por la propiedad en común de los medios de producción, así como por la inexistencia de clases sociales, del mercado y del Estado”. De inmediato resulta evidente que quienes profesan el comunismo están animados por una aspiración utópica, es decir, proponen un sistema no menos ideal que el de la democracia. Con una diferencia que han observado historiadores y psicólogos: el horizonte de expectativas de la democracia incluye el egoísmo, y de aquí la necesidad de una serie de «mecanismos contractuales» que, a pesar de la natural multiplicidad de ambiciones personales, logren ciertas clases de convivencia sustentadas en una aceptable satisfacción individual que no estorbe el bien común. En cambio, el horizonte de expectativas del comunismo excluye al egoísmo, de manera que se hace indispensable una aptitud filantrópica para que ese proyecto social funcione, o una serie de mecanismos represivos para que el bien común y la convivencia pacífica estén por encima de las ambiciones personales. Tal diferencia de fondo, esencial, quizá se mantenga desde los orígenes de cada uno de esos proyectos políticos. Mientras la democracia tal vez surgió arduamente como una serie de concesiones gubernamentales bajo la complejidad creciente de las ciudades mediterráneas, quizá las raíces más hondas del comunismo se hallen en las primitivas colectividades de pastores y agricultores, cuyo núcleo unificador místico acaso sirvió de estrategia grupal para sobrevivir al desdén de la naturaleza. En ambos casos hubo un desplazamiento hacia la cohesión, pero, en el segundo, aquella cohesión sugiere la existencia de una masiva esencia religiosa y disciplinaria.

Los primeros registros de una sociedad que entendió la democracia como un privilegio aristocrático provienen de Atenas, mientras que los pitagóricos, los espartanos del siglo VI a.C. y los primeros apóstoles nos han dado prototipos de sociedades con lineamientos comunistas. Para darnos una clara idea del primer caso basta con revisar la Constitución de los Atenienses, de Aristóteles (o de alguno de sus discípulos), y para tener un concepto más definido de la segunda clase de ordenamiento colectivo bien podríamos remitirnos a Property and Wealth in Classical Sparta de Stephen Hodkinson y a los Hechos de los apóstoles (2: 43-45). Por otro lado, en un debate actual entre quienes se dicen demócratas y quienes se afirman comunistas, incontables veces se confunden al menos dos acepciones de la palabra ‘pueblo’, de suerte que las personas hablan de cosas diferentes pensando que hablan de lo mismo. Los demócratas suelen emplear la tercera acepción mencionada líneas arriba, en tanto que los comunistas acostumbran —dando por hecho una superioridad ética derivada de los largos siglos de maltratos y padecimientos— blandir la cuarta acepción: “Gente común y humilde de una población”. En consecuencia, los desacuerdos se multiplican y los escasos convenios resultan bastante frágiles por apoyarse sobre un equívoco.

Hasta aquí hemos hablado de palabras, del peso y la importancia que tienen las palabras para entendernos adecuadamente en una plática o en un debate. En este aspecto, parafraseando a Simone Weil, creo que un vulgar error de vocabulario casi siempre causa un grave error de pensamiento. Desde luego, otro problema adicional es la calidad de los adversarios políticos que discuten cara a cara o mediante cualquier medio tecnológico de comunicación. Resulta curioso que, en política, los testimonios históricos nos ha enseñado que deberíamos valorar más las críticas de la razón escéptica antes que los ardientes sueños de la inteligencia. También, que la estupidez no es únicamente patrimonio de la gente estúpida: hay premios Nobel estúpidos, profesores estúpidos, administradores estúpidos, etcétera, que no se dan cuenta de que lo son y causan estragos por doquier. No en balde Nicolas de Condorcet, después de afirmar lo mismo respecto de los políticos charlatanes en el Journal d’instruction sociale publicado en 1793 con sus amigos Duhamel y Sièyes, agregaba: “Todos quieren ser los favoritos del pueblo con el fin de convertirse en sus tiranos. Todos calumnian la virtud hasta que adquieren el poder para acorralarla. Todos detestan los talentos que no se rebajan a servirlos. Todos temen que las luces se propaguen porque solo pueden vencer luchando en la oscuridad”.

Sobre esto, en 1988 se publicó en Italia un librito del historiador de la economía Carlo M. Cipolla llamado Alegro ma non troppo, y cuya lectura en las escuelas y los colegios, a mi entender, sería de enorme beneficio en el Perú. Analizando la estupidez humana, Cipolla dice, por ejemplo: “La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona”. En otras palabras, la nacionalidad, la etnia, la clase social, la astucia, la santidad o la erudición no inmunizan contra la estupidez. Y para perfilar mejor las cualidades de su grupo de estudio, Cipolla concluye: “Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”. Desde luego, nos sobran ejemplos ciudadanos con esta facultad. Podemos mencionar, sin pensarlo mucho, a los capos de la mafia, cuya lógica del carpe diem llevada a sus límites ha solido regalarles muertes sangrientas de sus niñas y niños, esposas, madres y padres, familiares muy cercanos en general y mascotas en particular. O mencionar a Adolfo Hitler, que por salvar a la ficticia raza aria de comunistas, gitanos y judíos por poco desaparece Alemania y sus vecindades, mientras que hacia el oriente José Stalin construía su versión del paraíso obrero a medio camino entre un cementerio de almas y un gulag. (Se me dirá que Stalin la pasó bien sembrando cadáveres, lo mismo que Hitler, pero sus biógrafos cuentan tristes intimidades de ellos. El más usual efecto de su poder omnímodo fue una paranoia que los obligaba a ordenar que alguien probara sus alimentos antes que ellos, por miedo a que los rebeldes frieran sus intestinos. En América Latina, las vidas del nacionalista de derechas Jorge Rafael Videla y el de izquierdas Fidel Castro nos cuentan algo parecido. De vivir así a la locura no hay más que un paso, y ellos lo dieron).

Si mal no recuerdo, Winston Churchill observó que el mejor argumento contra la democracia era una simple conversación con un político y con un votante. Esta idea calza muy bien en todos los períodos históricos de nuestro Perú republicano. No hace mucho, los candidatos a la presidencia del 2021 prefirieron el sentido común del momento, que no fue más que otro momento de una común estupidez. Su motor continuó siendo la ambición cicatera y vesánica, por un lado, y un obcecado e incongruente anacronismo, por otro. Las investigaciones que detallaron los graves problemas de injusticia social del capitalismo y los no menos graves problemas de carencia de libertad del comunismo no les interesaban realmente; o mejor dicho, les interesaban tan solo en la medida que permitían desnudar los enormes defectos del sistema político antagonista. En ambos casos, se cavó con mayor profundidad la fosa de ignorancia en relación con la pobreza extrema o el imparable deterioro planetario. Desdeñaron incluso la noción de democracia representativa, afín a los dos proyectos sociales, pues no les importó otra representación que la de sí mismos. Esta conducta fue a todas luces estúpida debido a que no contempló la probabilidad de un bienestar gradual y extensible ya sea mediante contratos con capitales privados o a través de inversiones estatales, y se movió, por el contrario, hacia el visceral objetivo de apropiarse de la mayor cantidad de poder para disolver cualquier oposición.

El exiguo vocabulario que manejaron entonces Castillo y Fujimori pareció darle toda la razón a Churchill tanto como a Simone Weil. Sus ideas elementales sobre capitalismo y comunismo fueron fascinantes por trasnochadas, y sus planteamientos económicos tuvieron un trasfondo mesiánico que se alzó como la única salvación frente al anticristo bíblico. ¿Toda aquella alucinante retórica de intolerancia pudo tener alguna finalidad racional escondida bajo la manga, o se trató únicamente de oscurantismo y estupidez? Es una disyuntiva que para mí continúa siendo uno de los tres grandes misterios de la política peruana. El segundo es la aceptación pusilánime del voto obligatorio, y el otro, la idea extendida, presuntuosa y autoritaria de que no valdrá nunca la pena votar en blanco.

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